Alcohol, de Dmitri Górchev

 Dmitri Górchev

Alcohol (2005)

Seguimos en modo Górchev.
Trad. F. F.





¡Qué bello es el hombre ebrio! Cuando yace con los pantalones bajos sobre el asfalto cerca de la entrada de la estación de tren, todos los transeúntes experimentan necesariamente un sentimiento de orgullo. Sea por sí mismo y no por aquel, ¿y qué? ¿Quién es más libre en este mundo: aquel que camina hacia su hogar con desde su abominable trabajo, tira puntualmente de su rígida correa, lleva su cruz ofensiva y paga su impuesto desorbitante, o aquel que, sin conocer preocupaciones, se tiende a sus anchas en un charco? 
Puede ser que viva despreciado, sucio, despedido de todos los trabajos, solitario y feo de cara. Pero es él, precisamente él quien tomó la Bastilla, el Palacio de Invierno, escribió la ópera Jovánschina,  el poema Moscú-Petushkí,  y la poesía “Dejó de hablar el dorado bosque”.  Sin embargo, los abstemios le obsequiaron al mundo a Hitler y Chikatilo.   
Allí se arrastra el borracho de rodillas en el mar como por tierra seca,  cuando todos los demás ya hace tiempo que se ahogaron, hacia donde sea, hacia la subterránea ciudad de Kítezh por cerveza. 
Ahí partió caminando hacia el cielo, pero tropezó y se cayó, directo en el fortín del enemigo. Y el enemigo se ahogo con sus propias balas, pero se dio vuelta y se convirtió en policía. Y entonces el héroe se despertó bajo una lamparita gubernamental que temblaba de frío. 
El borracho siempre es perseguido. A la caza de él andan siempre demonios con cabezas de águila, lo acechan cuando, arrastrando sus piernas con esfuerzo, regresa de su ronda nocturna. Lo hacen rodar por tierra y lo arrastran a su infierno. Allí lo torturan hasta la mañana para sacarle información del Secreto Militar, pero jamás un solo preso suyo aún se lo reveló, y por eso todos seguimos vivos. Temblando de cólera, los demonios arrastran al héroe de regreso del infierno, bajo el sol matutino, fío y odioso para él. ¿Quién de ustedes, abstemios, ha visto, aunque sea una sola vez en la vida, el cielo sobre un centro de desembriagamiento?  Nadie, porque no es para ustedes que fue llevado allí ese cielo inmediatamente desde el paraíso perdido. 
El abstemio es embustero y pragmático. Él entregaría la Patria y degollaría a un bebé, si eso fuese provechoso para él, y hábilmente borraría las huellas. El borracho hará lo mismo en un rapto de furor, sin ningún tipo de interés, y, una vez desembriagado, se horrorizaría. Si dos hombres borrachos se besan no quiere decir que están dispuestos a contraer matrimonio, simplemente significa que se quieren francamente y se respetan entre sí. ¿Acaso puede un abstemio amar al primero que encuentra con toda su alma, con quien se conoce hace apenas media hora? Nunca. 
Y el borracho se vuelve ya completamente hermoso a la hora de una profunda resaca. 
La resaca superficial lleva consigo solo náusea y dolor de cabeza, es completamente accesible incluso para la gente que no bebe en absoluto. Pero la resaca profunda es acompañada de una comprensión tan profunda de la fragilidad del mundo que nos rodea. La persona con resaca pisa el asfalto con cuidado, sabiendo que debajo de su fina capa se encuentra un abismo sin fondo, que lleva a ninguna parte. Él enfoca heroicamente su mirada, y con eso protege de la disolución y la desaparición a la ciudad que lo rodea, poblada de viejos, mujeres y niños que no sospechan nada. Sobre sus hombros oprime un cielo plomizo, y debajo de sus pies serpentean grietas. Y sólo él en todo el mundo ve todo eso y lo carga cuidadosamente sobre sus espaldas, temiendo soltarlo casualmente y romperlo. 
¿Y qué? ¿Le erigirán por eso un monumento al héroe silencioso? ¿Colgarán de su pecho una medalla redonda? ¿Le servirán una jarra de cerveza, al final de cuentas? Nadie. Canallas. 

Imagen: "¡No!" Afiche soviético, campaña contra el alcoholismo.


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