El Kremlin


 Moscú.

En camino a la estación de Kursk.

 

Todos dicen “el Kremlin, el Kremlin”. A todos los escuché hablar sobre él, pero yo mismo no lo vi ni una sola vez. Cuántas veces ya (mil veces), borracho o con resaca, he recorrido Moscú de norte a sur, de oeste a este, de extremo a extremo, a través o como venga… y ni una sola vez vi el Kremlin.

Así que tampoco ayer lo vi… y eso que me la pasé dando vueltas por esos lugares toda la tarde, y ni siquiera estaba muy borracho… Apenas llegué a la estación Saviólovskaia me tomé, para empezar, un vaso de zubrovka, porque sé por experiencia que, como decocción matutina, la gente no ha inventado nada mejor.

Bueno. Un vaso de zubrovka. Y después, en la Kaliáievskaia, otro vaso, solo que esta vez no de zubrovka, sino de aguafuerte de cilantro. Un amigo mío decía que el aguafuerte de cilantro actúa en la persona de forma inhumana, porque fortalece todos los miembros, pero debilita el alma. Por algún motivo, a mí me producía el efecto contrario, es decir que mi alma se fortalecía en un grado superior, pero se me debilitaban los miembros; igual estoy de acuerdo en que también eso es inhumano. Por eso, en la Kaliáievskaia agregué dos jarros de cerveza Zhigulí y me tomé del pico una botella de albe de dessert.

Por supuesto, ustedes se estarán preguntando: ¿Y después, Vénichka? Y después, ¿qué tomaste? Pero ni yo mismo sé en verdad qué tomé. Recuerdo –esto lo recuerdo claramente– que en la calle Chéjov tomé dos vasos de licor del cazador. Pero, ¿es que pude cruzar el Sadóvoie Koltsó sin haber tomado nada? No es posible. Es decir que tomé algo más.

Después caminé hacia el centro, porque siempre me pasa lo mismo: cuando busco el Kremlin aparezco indefectiblemente en la estación de Kursk. En realidad, debía entonces caminar hacia la estación de Kursk en vez que caminar hacia el centro, pero de todos modos fui hacia el centro para ver el Kremlin aunque sea una sola vez. De todos modos, pensé, no veré ningún Kremlin y llegaré de nuevo directo a la estación de Kursk.

Ahora me siento tan apenado que estoy a punto de llorar. No me apena, por supuesto, no haber llegado ayer a la estación de Kursk. (No importa, no llegué ayer – llegaré hoy.) Y tampoco, por supuesto, haberme despertado a la mañana junto a la puerta de entrada de un edificio desconocido (resulta que ayer me senté en el escalón de un zaguán, el cuadragésimo contando desde abajo, apreté el maletín contra mi corazón y así desperté hoy). No, no es eso lo que me hace sentir apenado. Me siento apenado por esto: acabo de calcular que desde la calle Chéjov hasta ese zaguán me gasté seis rublos en bebida, pero ¿qué bebí y dónde? ¿Y en qué orden? ¿Bebí para bien o para mal? Nadie lo sabe y ya nadie lo sabrá. ¿Acaso no ignoramos, hasta ahora, si el zar Borís mató al zarévich Dimitri o si fue al revés?

No tengo idea hasta ahora de qué zaguán era ese; pero así es como debe ser. Todo debe ser así. En el mundo, todo debe suceder lenta e incorrectamente para que el ser humano no pueda enorgullecerse, para que el ser humano esté triste y desconcertado.

Salí al aire libre cuando ya había amanecido. Todos –todos los que, desfalleciendo, fueron a parar a un zaguán y lo abandonaron al amanecer–, todos saben con qué peso del corazón bajé esos cuarenta escalones de un zaguán ajeno y con qué pesadez del corazón salí al aire libre

“No es nada, no es nada – me decía a mí mismo, – no es nada. Ahí hay una farmacia, ¿la ves? Y ahí, el puto ese de campera marrón rasqueteando la vereda. Eso también lo ves. Tranquilizate, entonces. Todo saldrá bien. Si querés ir hacia la izquierda, Vénichka, andá hacia la izquierda, no te fuerzo a nada. Si querés ir hacia la derecha, andá hacia la derecha”.

Fui hacia la derecha, tambaleándome un poco por el frío y la pena, sí, por el frío y la pena. ¡Oh, esa carga matutina en el corazón! ¡Oh, lo ilusorio de la desgracia! ¡Oh, lo irreparable! ¿Qué es lo que más había en esa pena a la que nadie ha sabido nombrar, qué es lo que más había en ella: parálisis o náusea? ¿Agotamiento de los nervios o angustia mortal en algún lugar cerca del corazón? Y si hay de todo por igual, ¿de qué hay más en todo ello: estupor o fiebre?

“No es nada, no es nada –me decía a mí mismo—, protegete del viento y caminá despacito. Y respirá muy de a ratos, muy de a ratos. Respirá de modo que las piernas no se choquen con las rodillas. Y caminá hacia donde sea. Da lo mismo hacia dónde. Si vas hacia la izquierda – llegarás a la estación de Kursk. Si vas hacia adelante, derecho – igualmente llegarás a la estación de Kursk. Por eso andá hacia la derecha, que con seguridad llegarás allí”.

¡Oh, vanidad! ¡Oh, fugacidad! ¡Oh, la hora más impotente e infame en la vida de nuestro pueblo – la hora que va desde el amanecer hasta que abren los negocios! ¡Cuántas canas de más nos has hecho salir a nosotros, desamparados y angustiados de pelo castaño! Anda, Vénichka, anda.


Imagen: fotografía tomada por el programador estadounidense Rob Ketcherside en 1969, año en que transcurre la novela de Eroféiev. 

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