Zapovienik / Заповедник



Empecé a guiar excursiones regularmente. A veces dos por turno. Evidentemente, me dieron la aprobación. Cuando hacían la excursión agentes culturales, intelectuales, maestros — era yo el que trabajaba con ellos. Mis excursiones se distinguían en algo. Por ejemplo, como lo atestiguó la curadora del museo de Trigórskoie, en “la manera libre de las explicaciones”. Ahí se dejaba ver mayormente mi parte histriónica. A pesar de que al quinto día ya había aprendido de memoria el texto de las instrucciones, me daba maña para simular una improvisación mocionada. Tartamudeaba artificialmente, como si buscara definiciones, me equivocaba, gesticulaba, adornaba mis cuidadosamente elaboradas improvisaciones con los aforismos de Gukovski y Shógoliev. Cuanto más profundamente conocía a Pushkin, tanto menos ganas tenía de hablar de él. Y menos todavía a ese nivel tan vergonzoso. Cumplía mecánicamente mi papel, cobrando un dinero bastante bueno. (La excursión completa costaba unos ocho rublos).

En la biblioteca local encontré una decena de libros raros sobre Pushkin. Además volví a leer toda su prosa de ficción y sus ensayos. Lo que más me interesó fue la olímpica indiferencia de Pushkin. Su disposición para aceptar y expresar cualquier punto de vista. Su constante intención de llegar a la última, suprema objetividad. Como si fuera la luna, que le ilumina el camino tanto al depredador como a la víctima. Él no era ni monárquico, ni conspirador ni cristiano; él era solo un poeta, un genio que simpatizaba con el transcurrir de la vida en su totalidad.

Su literatura supera la moral. Ella vence a la moral y hasta la sustituye. Su literatura es afín a una oración, a la naturaleza… De cualquier manera, yo no soy crítico literario…

Serguéi Dovlátov (1941-1990): La Reserva Nacional Pushkin ("Zapoviednik"). Traducción de Irina Bogdashevski. Buenos Aires, Añosluz, 2017.

FOTO: Dovlátov guiando una excursión en la Reserva Nacional Pushkin, Mijáilovskoie, en los años 1975/1977.

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