Europa. Por Mandelstam
Ilustración: "El rapto de Europa" de Valentín Serov (1910)
Trad.: F F
Espuma rosada de
cansancio en los tiernos labios,[1]
furioso horada el toro
las verdes olas,
resuella, no ama los
remos el mujeriego,
no es común su carga al
lomo y grandiosa es la labor.
Alguna vez saltará la
rueda de un delfín
y se topará un punzante
erizo de mar,
tiernas manos de Europa,
¡tomen todo!
¿Dónde encontrarás yugo
más deseado a la cerviz?
Triste escucha Europa
el potente chapoteo,
el copioso mar
alrededor empieza a borbotear,
se ve que le asusta el
grasoso brillo de las aguas
y de la áspera pendiente
querría resbalar.
Oh, cuánto preferiría
el chirrido de escálamos,
como seno amplia
cubierta, manada de ovejas
y tras la alta popa el
centelleo de peces.
¡Con ella sigue
flotando el lomo sin remos!
1922
El trigo de la
humanidad
Hay mucho, mucho grano en el saco, como no se lo sacude, no se lo esparce, siempre el mismo. Ninguna cantidad de rusos, franceses, ingleses, forma todavía un pueblo, son grano en el saco, trigo humano sin moler, una cantidad pura. Esta cantidad pura, este grano humano, ansía ser molido, transformado en harina, cocido en pan. El estado del grano en el pan corresponde al estado de la personalidad en esa unión completamente nueva y no mecánica que se llama pueblo. Y es así que hay épocas en que el trigo no se cuece, en que los graneros están llenos de granos de trigo humano, pero no hay molienda, el molinero ha envejecido y está cansado y las anchas aspas palmeadas del molino esperan impotentes el trabajo.
El horno espiritual de la historia, a veces tan amplio y espacioso, un horno cálido y hogareño, del cual salieron muchos panes rubicundos, se ha declarado en huelga. El trigo humano hace ruido en todas partes y se agita, pero no quiere ser pan, aunque lo impulsan a ello, considerándose sus amos, los groseros propietarios, los dueños de graneros y depósitos.
La era del mesianismo ha terminado definitiva e irreversiblemente para los pueblos europeos. Todo mesianismo proclama aproximadamente lo siguiente: solo nosotros somos pan, ustedes son simplemente grano indigno de ser molido, pero nosotros podemos hacer que ustedes se conviertan en pan. Todo mesianismo es de antemano desleal, falso y calculado para una resonancia imposible en la conciencia de aquellos a los que se dirige con propuestas parecidas. Ni un solo pueblo mesianizante y grandilocuente fue jamás escuchado por los demás. Todos hablaron en el vacío, y discursos delirantes salieron al mismo tiempo de diferentes bocas sin advertirse entre sí.
Hay un hecho que favorece el surgimiento y el florecimiento de los mesianismos de toda clase, que fuerza a los pueblos a delirar con labios de irresponsables oráculos píticos y que durante un largo tiempo convirtió a Europa en un comercio pítico de ideas nacionales; ese hecho es la desconexión de la vida política y la esencial, político-cultural, de los pueblos, la estratificación del plano político y el nacional; formulado groseramente: la falta de coincidencia de las fronteras políticas con las nacionales. Pero en el campamento gitano de la etnografía no hay lugar para fieras carnívoras, aquí baila el oso manso y al águila lo atan por su garra enferma. El alboroto político de Europa, su incansable deseo de redelinear sus fronteras, se puede analizar como la continuación de un proceso geológico, como la exigencia de continuar en la historia la era de las catástrofes geológicas, las oscilaciones que caracterizan al continente más joven, más delicado y más histórico, cuya mollera aún no se ha fortalecido, como la mollera de un bebé.
Pero la vida política es catastrófica en su esencia. El alma de la política, su naturaleza, es la catástrofe, el desplazamiento inesperado, el derrumbe. Se sentían bien los burgueses de Fausto, fumando una pipa en un banquito y disertando sobre los asuntos turcos. Un terremoto es agradable desde lejos, cuando no es aterrador. Si no se escucha el bullicio de los acontecimientos políticos – para Europa, enteramente política por su percepción del mundo, ya es un acontecimiento: de Emperadores e imperios es placer el Amoroso silencio;[1] es decir, la sencilla falta de catástrofe se percibía casi materialmente, como un cierto éter sutil de silencio. El catastrofismo del elemento político conducía por esencia a la formación, en las propias entrañas de la Europa histórica, de la fuertísima corriente que se planteó como misión la matanza de la vida política como tal, la eliminación del elemento autónomo y catastrófico de la vida política, la lucha con la catástrofe histórica, donde y como quiera que ella apareciese; esa corriente surgió desde tal profundidad que su misma aparición pareció una catástrofe y, de ningún modo catastrófica por su naturaleza, solo por incomprensión podía mostrarse como un nuevo terremoto político, una nueva catástrofe histórica en sucesión con otras.
Desde ahora la política ha muerto como elemento, y su vida es tres veces bendita. Muchos todavía hablan en la vieja lengua, pero ningún congreso político a la manera de los de Viena o Berlín será ya posible en Europa, nadie se pondrá a escuchar a los actores, y los actores se desacostumbrarán a actuar.
Así, la detención de la vida política de Europa como un proceso autónomo y catastrófico, que ha culminado con la guerra imperialista, coincidió con la interrupción del crecimiento orgánico de las ideas nacionales, con la desmembración general de las “nacionalidades” en simple grano humano, en trigo, y ahora debemos prestar atención a la voz de ese trigo humano, a la voz de las masas, como la llaman ahora a media lengua, para comprender qué pasa con nosotros y qué nos depara el día por venir.
No es en el molino de la historia política, no es con la pesada piedra del molino que el trigo será convertido en harina. Ahora es tres veces bendito todo lo que no es política en el viejo sentido de la palabra, bendita es la economía con su pathos de domesticidad universal, bendito es el hacha de sílex de la lucha de clases – todo lo absorbido por la grandiosa misión del establecimiento de una economía universal, todo tipo de domesticidad y administración, todo tipo de inquietud por un hogar universal. El bien en sentido ético y el bien en sentido económico, es decir los conjuntos de utensilios, de herramientas de producción, como una joroba de milenios de cachivaches universales enriquecidos – ahora son lo mismo.
Ni un solo pueblo se autodefine más en el proceso de la lucha política. La independencia política ya no hace pueblos; solo después de arrojar su saco a este nuevo molino, bajo la piedra molar de esta nueva misión, recibimos de regreso la harina ya pura – nuestra nueva esencia como pueblo.
La vergüenza del mesianismo de ayer aún arde en el rostro de los pueblos europeos, y yo no conozco una vergüenza más punzante después de todo lo que se ha realizado. Toda idea nacional en la Europa contemporánea está condenada a la nulidad; mientras Europa no se condene como un todo, no se percibirá como una personalidad moral. Fuera de la conciencia europea continental, común, es imposible cualquier pequeña nacionalidad. La salida de la disolución nacional, del estado de grano en el saco hacia la unidad universal, hacia la Internacional, yace para nosotros a través del resurgimiento de la conciencia europea, a través de la reinstauración del europeísmo como de nuestra gran nacionalidad.
El “sentimiento de Europa” es sordo, reprimido, abrumado por guerras y discordias civiles – se regresa al círculo de las ideas de los trabajadores activos. Rusia conservó para Europa este sentimiento de forma latente y con celo, ella encendió ese fuego anticipadamente, como temiendo que podría apagarse. Recordemos a Herzen, no su percepción del mundo, sino su domesticidad y su buena administración europeas: él vagaba por los países de Occidente como un patrón por su gran hacienda natal. Recordemos la actitud de Karamzín y Tiútchev hacia la tierra de Occidente, hacia el suelo europeo. Tanto este como aquel sintieron más fuertemente el suelo de Europa donde ella se encabrita en montañas, donde ella conserva la memoria viva de la catástrofe geológica. En Suiza, Karamzín derramó lágrimas sentimentales de viajero ruso. A los Alpes les dedicó Tiútchev sus mejores versos. Completamente original, la actitud totalmente inspirada del poeta hacia el alboroto geológico de la cordillera de los Alpes se explica precisamente porque allí, por la impetuosa catástrofe geológica, se encabrita en poderosas cadenas su tierra natal, histórica – tierra portadora de Roma y de la iglesia de San Pedro, que llevó a Kant y a Goethe. Es por eso que allí –
Algo festivo ondea / como el silencio de los domingos.[2]
Así, los versos alpinos de Tiútchev están inspirados por la percepción histórica del suelo europeo y están coronados por una doble tiara para el poeta los Himalayas europeos.
Pero cada grano conserva la memoria de un antiguo mito griego, de cómo Júpiter se convirtió en un simple toro para llevar sobre su ancho lomo, resoplando pesadamente y con la rosada espuma del cansancio en los labios, a través de las aguas de la Tierra, una valiosa carga: la tierna Europa, quien con débiles manos se aferraba del fuerte cuello cuadrado.
Escrito en Moscú y publicado por primera vez en Nakanune [Las Vísperas], Berlín, 7 de junio de 1922. El artículo fue olvidado por completo, ni siquiera el poeta y su esposa vuelven a mencionarlo, hasta que fue descubierto por L. Fleishman (Wiener Slawischer Almanach, 1982, 10). En la URSS se publica en Riga (Antología Tynianoviana. Terceras lecturas tynianovianas, 1988) como anexo a un artículo de Evgueni Toddes. Hasta el momento, solo se han registrado traducciones del artículo al armenio, al italiano, al letón y al francés.
[1] “de Emperadores e imperios es placer el Amoroso silencio”: comienzo de
la “Oda a la asunción al trono de Todas las Rusias de su Majestad, la Soberana
Emperatriz Elizaveta Petrovna, año 1747”, de Mijaíl Lomonósov.
[2] Del poema de Fiódor Tiútchev “Sobre las colinas de viñedos”.
[1] De acuerdo con Nadiezhda Mandelstam, el poema está inspirado en el
cuadro El rapto de Europa, de Valentín Serov (1910). También se
relaciona con el artículo del poeta “El trigo de la humanidad”, de 1922, traducido por primera vez al castellano a continuación.
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